El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

“Creo -se dijo- que empiezo a comprender cómo está hecho. Me parece que si lo deshago podré volver a hacerlo como estaba. En eso sí que no habrá mal ninguno. Ni a Epimeteo se le ocurriría regañarme por eso. No quiero abrir la caja y no lo haré nunca, si ese terco chico no consiente, aunque desate el nudo”. Más habría valido que Pandora hubiese tenido algo que hacer o algo en que pensar, pues así no habría pensado siempre en el mismo asun- to. Pero los niños llevaban tan buena vida antes de que las penas apareciesen en el mundo que en realidad tenían muchísimo tiempo de sobra. No siempre podían estar ju- gando al escondite entre las zarzas floridas, o a la gallina ciega con guirnaldas de flores sobre los ojos, o a otros juegos que ya se habían in- ventado cuando la madre Tierra era niña. Cuando la vida es todo juego, el trabajo en realidad es un juego. No había absolutamente

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