El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
Si la boca hubiese hablado, probablemente habría dicho algo muy parecido a esto: -¡No temas, Pandora! ¿Qué mal puede haber en que abras la caja? ¡No hagas caso a ese in- feliz Epimeteo! Tú sabes mucho más que él y tienes cien veces más talento. ¡Abre la caja y verás qué cosas más bonitas encuentras den- tro! La caja, he olvidado decíroslo, estaba cerrada; no con cerradura ni nada parecido, sino con un nudo intrincadísimo de cuerda de oro. Pa- recía un nudo sin principio ni fin. Nunca se ha visto nudo más ingeniosamente enredado, ni con tantas lazadas y vueltas; y parecía desafiar maliciosamente a los dedos más hábiles a desatarla. Y, cuanta más dificultad parecía haber en él, más tentación le entraba a Pando- ra de examinarlo, solo para ver cómo estaba hecho. Ya se había detenido dos o tres veces junto a la caja, cogiendo el nudo entre el índice y el pulgar, pero sin intentar desatarlo de veras.
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