El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
ña les daba entonces mucho más que hacer que en nuestros tiempos una muy grande. Cuando Epimeteo se marchó, Pandora se quedó mirando la caja. La había llamado fea lo menos cien veces; pero, a pesar de cuanto había dicho contra ella, era realmente un mueble muy bonito y habría adornado perfec- tamente cualquier habitación en que se hubie- se colocado. Estaba hecha de una hermosa madera con vetas oscuras y brillantes, y la su- perficie era tan pulida que Pandora podía verse la cara en ella. Como la niña no tenía otro espejo, no comprendo cómo no le gusta- ba más, solo por ese motivo. Los ángulos de la caja estaban maravillosa- mente esculpidos. Alrededor de la tapa había graciosas figuras de hombres y de mujeres y los niños más lindos que se han visto jamás, echados o jugando entre flores y follaje; y todo estaba tan exquisitamente representado, y agrupado con tal armonía, que flores, follaje y seres humanos parecían combinarse en una
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