El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
-. Me gustaría que fuese un poco más atrevi- do, que tuviese un poco más de valor. Por primera vez desde que había llegado Pan- dora, Epimeteo se marchó sin pedirle que lo acompañase. Se fue solo, a coger higos y uvas y luego a divertirse como pudo en compañía de otros niños. Estaba harto de oír hablar de la caja y deseaba con todo su corazón que Azo- gue, o como se llamase el mensajero que la trajo, la hubiese dejado en la casita de cual- quier otro niño, donde Pandora nunca la hu- biese visto. ¡La caja, la caja, siempre la caja! Parecía que estuviese embrujada y que apenas cupiese en la casa, con lo grande que era, y Pandora tropezaba a todas horas con ella y hacía que Epimeteo tropezase también. Sí que era triste para el pobre niño estar a vueltas con la caja de la mañana a la noche; sobre todo, porque, como los niños en aquel tiempo no estaban acostumbrados a tener preocupaciones, no sabían qué hacer para so- brellevarlas. Por eso una preocupación peque-
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