El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
casa sea demasiado alta y que no pueda cu- brirla la nieve! La casita colorada que hay allá abajo va a quedar enterrada hasta el tejado. -Pero, chiquillos locos, ¿aún queréis más nieve? -preguntó Eustace, que, cansado de al- guna novela que estaba leyendo, había entra- do en el cuarto de jugar-. Ya ha hecho bastante daño echando a perder la mejor sesión de patinaje que hubiera podi- do disfrutar en todo el invierno. ¡No volvere- mos a ver el lago hasta el mes de abril, y hoy iba a ser el primer día que yo iba a patinar! ¿No me compadeces, Siempreviva? -¡Claro que sí! -respondió Siempreviva, rien- do-. Pero, para que te consueles, escuchare- mos uno de tus cuentos rancios, de los que nos contabas en el porche o en Arroyo Um- brío. A lo mejor, ahora que no tengo nada que hacer me gustan más que cuando había nue- ces que buscar o buen tiempo que disfrutar. Inmediatamente, Pimpinela, Trébol, Arándano
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