El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
abajo, quedaban ocultos por ellos casi todo el tiempo. Algunas veces, cierto es, los pequeños prisioneros de Tanglewood podían divisar el confuso contorno de Monument Mountain y la lisa blancura del lago helado que había al pie de ella, así como las manchas negras o gri- ses de los bosques en la parte más cercana del paisaje. Pero esto eran, sencillamente, claros en la tor- menta. Sin embargo, los niños disfrutaban con la ne- vada. Ya habían trabado conocimiento con la nieve: saltaban fuera cuando caía más espesa y se la lanzaban unos a otros a puñados, como hace un momento nos figurábamos que ha- cían las montañas de Berkshire. Y ahora ha- bían vuelto al espacioso cuarto de jugar, que era tan grande como el gran salón y estaba lleno de toda clase de juguetes, grandes y pe- queños. El mayor de todos era un caballo de balancín que parecía de verdad, y había una familia entera de muñecas de madera, de
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