El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

echándole agua encima! -¡Basta, papá! ¡Por favor, no más! -exclamó-. Mira lo que has hecho con mi vestido nuevo, tan bonito. ¡Y lo estreno hoy! Doradina no sabía que había sido durante un rato estatua de oro; no podía acordarse de lo que había sucedido desde ese momento en que corrió con los brazos abiertos a consolar al pobre rey Midas, su padre. A este no le pareció necesario contar a su que- rida hija cuán loco había sido, pero decidió de- mostrar que ahora era mucho más cuerdo. Para esto llevó a Doradina al jardín, donde echó el agua que quedaba sobre los rosales, con tan buena suerte que más de cinco mil rosas recobraron su hermoso color. Hubo dos circunstancias, sin embargo, que mientras vivió conservaron para el rey Midas el recuer- do del toque de oro. Una fue que las arenas del río brillaban como el oro, y la otra que el cabello de Doradina tenía ahora un reflejo do- rado que nunca había observado en él antes

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx