El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood
de que se hubiese transformado por efecto de su beso. Este cambio era, en realidad, para mejor, y el cabello de Doradina era mucho más bonito que antes. Cuando el rey Midas se hizo ya muy viejo y tenía a los hijos de Doradina sobre sus rodillas jugando a los caballitos, le gustaba contarles este cuento maravilloso, casi como ahora os lo cuento yo. Y, cuando acariciaba sus rizos de seda, les decía que su cabello también tenía un bonito reflejo de oro, que habían heredado de su madre. -Y para deciros la verdad, queridos niños míos -comentaba el rey Midas, haciendo cabalgar vivamente a sus nietecitos-, desde aquella ma- ñana detesto ver oro, excepto en el cabello de vuestra madre. ARROYO UMBRÍO Después del cuento
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