El libro de las maravillas - Cuentos de Tanglewood

de carne de nuevo. Viendo una violeta que crecía a la orilla del río, Midas la tocó, y no cupo en sí de gozo al ver que la delicada flor conservaba su color característico, en vez de tornarse amarilla brillante. La maldición del toque de oro, por lo tanto, se había apartado de él. El rey Midas se apresuró a volver a palacio, y supongo que algunos criados no entenderían lo que pasaba al ver a su real dueño llevando tan cuidadosamente un cántaro de agua. Pero aquella agua que iba a deshacer todo el daño que había causado su locura era más preciosa para Midas que un océano de oro líquido. Lo primero que hizo, casi no hace falta decirlo, fue echar agua a manos llenas sobre la dorada figura de su hija. Apenas cayó el agua sobre ella, os hubieseis reído al ver cómo volvía el color de rosa a sus mejillas. ¡Y cómo empezó a estornudar y a sa- cudirse! ¡Y qué asombrada se quedó al encon- trarse toda mojada y ver a su padre que seguía

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