El lenguaje oculto del altiplano

50 ocultaron, tergiversaron o prohibieron registrar, quedó custodiado con total fidelidad en el mapa de los tendones, en el paso marcial sobre el suelo, en el sudor de las sienes y en el ritmo indómito de la sangre. Hoy en día, cuando una comunidad de Ayarachis hace sonar sus zampoñas rústicas en medio del silencio sepulcral de la puna alta de Lampa, no están reproduciendo una melodía exótica para el aplauso del público; están firmando y ratificando el acta de duelo por la destrucción del Tahuantinsuyo con la misma solemnidad, la misma dignidad y el mismo llanto contenido de hace quinientos años, manteniendo la herencia quechua pura y libre de contaminación colonial. Cuando un danzante se calza la imponente máscara de la Diablada y salta con gallardía sobre el pavimento de las calles, está reescribiendo activamente la teología impuesta por la Iglesia católica, recordándole al mundo moderno que el Uku Pacha, el vientre de la tierra, sigue vivo, que el subsuelo es sagrado y que con sus fuerzas telúricas se negocia todos los días para garantizar la vida.

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