36 proporción natural del cuerpo; si el hacendado se jactaba de lucir unos hilos de plata en su chaleco de gala, el sastre del Altiplano cubría el traje entero, de la cabeza a los tobillos, con miles de lentejuelas brillantes, canutillos de vidrio y abalorios de espejo, hasta transformarlo en un auténtico escudo resplandeciente capaz de enceguecer a los espectadores bajo el potentísimo e implacable sol de la puna. Las máscaras grotescas completaban esta operación de demolición satírica. Rostros con facciones desproporcionadas, ojos desorbitados hechos con esferas de vidrio pintado, narices deformes y aguileñas, mejillas ridículamente rosadas y largas barbas postizas confeccionadas con crin de caballo daban forma al personaje colonial. No existía en estas creaciones ningún sentimiento de admiración o sumisión hacia los dominadores occidentales; se trataba de una burla estética ácida, punzante y sumamente elaborada orientada a ridiculizar la vanidad, la arrogancia y los constantes abusos de la autoridad real. Bailar en medio de la plaza de armas portando un traje de luces representaba,
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