32 murieran congelados en los páramos, así como las pesadas cajas y barriles de mineral que debían cargar sobre sus espaldas durante leguas enteras de caminata. El corazón sonoro y el instrumento que dicta la ley coreográfica en la Morenada es la matraca. El sonido seco, sordo, constante, metálico y penetrante que estalla en el aire de Ácora y Chucuito durante las festividades no es un accesorio decorativo ni un juguete de carnaval. La matraca funciona como un dispositivo de archivo histórico audible: su giro rítmico réplica con escalofriante exactitud el crujir de las cadenas pesadas arrastrándose sobre las piedras de los caminos coloniales, el chocar metálico de los grilletes aprisionando los tobillos y los huesos de los africanos, y el restallido seco del látigo del capataz que ordenaba avanzar a los rezagados. Al ejecutar la Morenada en las calles, los danzantes de Puno no están realizando un festejo superficial; están dictando una cátedra viva de historia y justicia social, transformando el sonido de su propia opresión en un canto de guerra colectivo, una manifestación estética de
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