22 o sembrar los campos. A lo largo de las centurias, la estructura coreográfica y el sentido profundo de la Diablada mutaron drásticamente, pasando de ser una lección colonial diseñada para infundir sumisión y miedo religioso a transformarse en una danza de soberanía, orgullo y demostración de poderío cultural. El paso saltado, ágil, enérgico, marcial y desafiante del diablo puneño no guarda ninguna relación con el andar temeroso o agónico de un condenado al fuego eterno; al contrario, expresa la fuerza desbordante de un ser que gobierna las profundidades de la tierra y que baila con altanería cara a cara con los ángeles coloniales. Las máscaras mismas fueron enriquecidas con maestría por los artesanos locales, quienes incorporaron en sus diseños figuras de sapos, culebras y lagartijas. Mientras que para el ojo de los extirpadores occidentales estos animales representaban el pecado, la inmundicia y la brujería; para el ojo andino eran tótems sagrados de la fertilidad, asociados directamente con la invocación de las lluvias, el control del agua y la protección de los
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