19 CAPÍTULO 3: La Transformación del Demonio y el Nacimiento de la Diablada. La iconografía del terror metafísico y el miedo al castigo eterno fue, sin lugar a duda, una de las herramientas pedagógicas más eficaces utilizadas por la Iglesia colonial para consolidar su dominio. Para los teólogos y sacerdotes europeos que pisaron el Altiplano, el infierno era un lugar físico real de tortura sin fin, fuego ardiente y azufre, gobernado por Lucifer, una deidad maligna obsesionada con la destrucción y la captura de las almas de los hombres. Con el propósito de fijar este concepto abstracto e inexistente en el mundo andino, los misioneros se valieron de los Autos Sacramentales. Estas piezas de teatro religioso de un solo acto se escenificaban con gran pompa en las plazas públicas, mostrando la eterna batalla cósmica entre las fuerzas del bien y del mal. Los curas hacían ensayar y marchar a los nativos disfrazados de demonios, encarnando a los Siete Pecados Capitales con máscaras monstruosas,
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx