9 pasivos; por el contrario, era un acto de alta política comunitaria, una lectura astronómica rigurosa y una entrega mística absoluta. El cuerpo del danzante no actuaba para ser admirado; funcionaba como un puente viviente, un canal, un nexo sagrado entre el Kay Pacha (el mundo terrenal y físico que habitamos) y las potencias invisibles del Hanan Pacha (el mundo celestial) y el Uku Pacha (mundo inferior). Dentro de este complejo y denso mapa coreográfico que cruzaba los Andes, el Ayarachi se yergue como la huella más antigua, intacta y profunda de la civilización andina, habiendo logrado la hazaña histórica de sobrevivir al paso de los siglos y a las persecuciones coloniales casi sin alteraciones en su núcleo estético y conceptual. De origen estrictamente quechua y arraigado con una fuerza telúrica indomable en las zonas altas de la provincia de Lampa, el Ayarachi es una expresión que brota directamente del dolor, del trauma histórico y de la solemnidad colectiva. Desde una perspectiva histórica, esta manifestación representa el luto comunitario y el duelo
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