Los estudios de la imagen y representación de los incas durante el periodo colonial han avanzado de manera significativa en los últimos años. En particular en la historia del arte, las nuevas evidencias nos ofrecen riquísimas fuentes de conocimiento (Dean, 1999; Cummins, 2005). Está en curso una revisión de la tesis del «Renacimiento Inca (Inka Renaissance)», propuesta hace muchos años por John Rowe (1976). ¿Cómo podemos, por ejemplo, evaluar al líder de la Gran Revolución, José Gabriel Condorcanqui Túpac Amaru II, en quien convergieron ingredientes multifacéticos de la identidad inca: un hombre con intenso deseo de incorporarse a la genealogía histórica del inca o cuyos esfuerzos por historizarse como inca fueron rotundamente rechazados por el cabildo de nobles incaicos (Cahill, 2003)? ¿O quizá, más bien, se trate de un hombre de quien los plebeyos de los escalones sociales más bajos esperaban dimanar un poder milagroso para acabar, de una buena vez, la opresión colonial? ¿Habrá cierta relación entre las utópicas esperanzas que el pueblo depositaba en Túpac Amaru II o Juan Santos Atahualpa y los potenciales perseguidos a través de los conjuros supersticiosos al inca y a la coya? Aunque dar respuesta a estas cuestiones sin mayor evidencia resulte apresurado, dichas preguntas e hipótesis continúan siendo muy sugerentes. Se han enunciado diversas valoraciones en relación con la propuesta de un «Renacimiento Inca». Dean (1999), por ejemplo, sugiere que en las mismas identidades de los nobles incaicos de Cuzco se encontraría el potencial latente de una revolución utópica. Otros consideran que estos eran simplemente las reliquias de los incas que acabaron por entregarse al colonialismo, como asevera, por ejemplo, Cummins (1992), quien los conceptualiza como «incas bastardos». Cada argumento merece deliberarse bien, pero lo crucial es reconocer que lo que se concibió e imaginó en torno a los incas durante la época colonial no fue ni monolítico ni homogéneo. Como hemos demostrado en este capítulo, en el trasfondo cambiante de la sociedad colonial, si bien las representaciones de los reyes inca históricos y su imperio pueden a veces haber estado firmemente ancladas en esquemas aceptados (historización), en otras ocasiones fueron rehistorizadas por personajes que no tuvieran relación alguna con la cultura inca y su pasado, mientras que en otras instancias, incluso, lo inca estaba completamente desconectado —des-historizado— de su contexto histórico y se articuló con la imaginación versátil de las poblaciones subalternas. Teniendo en cuenta esta heterogeneidad del significado de los 867
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