Según narran en sus informes los gobernadores Cabrera y Figueroa en 1662 (Larrouy, 1923), habrían existido por lo menos doce fortificaciones o pukara para el valle Calchaquí; cada una de ellas pertenecía a una parcialidad, que era asiento transitorio durante las épocas de conflictos. Esta situación habría resultado en la competencia entre sociedades por la apropiación de los recursos como consecuencia de un cambio climático que se inició en el siglo XIII y continuó hasta la formación del Tawantinsuyu en el siglo XV, una época que, según estudios paleoclimáticos, se caracterizó por sequías severas y reiteradas (Morales y otros, 2012). Esta situación de violencia estaría en parte corroborada por los análisis bioarqueológicos de lesiones traumáticas en cráneos (N=262) procedentes de la zona de estudio que permitieron observar que un 11% de la muestra presenta lesiones traumáticas (26/222): 21% en individuos masculinos (16/74) y un 8% en individuos femeninos (9/111), siendo esta diferencia estadísticamente significativa (P= 0,014, Test de Fisher de dos colas) (Gheggi, 2009). Por ende, las poblaciones que habitaron el valle Calchaquí estuvieron expuestas a situaciones de violencia real, en las cuales los hombres se vieron mayormente involucrados en las tareas de defensa y ataque. Estos porcentajes se enmarcan dentro de lo conocido para el área centro-sur andina durante el lapso de ca. 900-1530 d.C., en el cual, en muchos casos, se observa un descenso en las tasas de 712
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