De acuerdo con distintos mitos (Berenguer & Martínez, 1986), los camélidos habían surgido del mundo interior a través de manantiales o lagunas, razón por la cual era costumbre hacer ofrendas a estos cuerpos de agua para aumentar el ganado. Se encontraban presentes en el cielo como Yacana, una de las constelaciones formadas por zonas oscuras en la Vía Láctea. Esta deidad, cuya silueta recuerda un camélido amamantando una cría y acompañado por distintas aves (cóndor, perdiz, halcón), daba ánimo a las llamas, por lo que recibía regularmente ofrendas de los pastores. Por la noche bebía las aguas del mar para que no inundaran la tierra y su tránsito por el firmamento era acompañado por ritos propiciatorios (Dadenbach-Salazar, 1990; Flores Ochoa, 1974; Zuidema & Urton, 1976). Esta visión del lugar de los camélidos en el cosmos fue plasmada en la organización de ciertas instalaciones y paisajes. Así lo argumenta Lecoq (2013) en relación con Choqek’iraw, una finca real en la cordillera de 599
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