Las fuentes escritas sostienen que todos los recursos silvestres pertenecían al inca, por lo que —según la norma— no podían ser utilizados sin autorización (Murra, 1978; Rowe, 1946). Periódicamente se organizaban cacerías oficiales o grandes rodeos (chaku) en los que miles de guanacos, vicuñas, ciervos y otros animales eran encerrados, lo cual permitía esquilar los camélidos y matar selectivamente animales viejos o machos, de modo de no afectar el potencial reproductivo de estas poblaciones. La carne así obtenida se secaba al sol para su conservación (charki) y se distribuía en los almacenes reales para satisfacer las diversas obligaciones del Estado (Dadenbach-Salazar, 1990, pp. 161-164). Los datos zooarqueológicos brindan cierto respaldo a estas ideas. En los sitios residenciales del Mantaro, por ejemplo, Sandefur (2002) advierte un ligero aumento del consumo de cérvidos durante la fase Wanka III que podría atribuirse a un aporte de este tipo. Los conjuntos de camélidos de los sitios del noroeste argentino anteriormente mencionados muestran entre 10 y 40% de ejemplares pequeños, probablemente vicuñas. Otros animales silvestres (cérvidos, roedores, armadillos, cánidos, aves) suelen tener frecuencias mínimas, excepto en Papachacra (Jujuy), donde la taruca (Hipocamelus antisensis) —un cérvido relativamente abundante en los altos valles donde se encuentra el sitio— alcanza el 39% de la muestra (Madero, 1993-94). Un caso aún más extremo es el de Tambo Cañapa (Lípez, Bolivia), una estación vial asociada al camino que comunicaba el altiplano con el desierto de Atacama, donde la totalidad de la fauna recuperada corresponde a especies silvestres (vicuña y chinchilla [Nielsen, Berenguer & Sanhueza, 2006]). Cabe preguntarse si el acceso a estas presas se encontraba mediado por eventos organizados desde el Estado (por ejemplo, chakus) o se trataba de cierta licencia para practicar la caza a pesar de las normas que la vedaban. Otro recurso clave que se obtenía de los rebaños era la fibra. Este fue, indudablemente, el principal objetivo de la cría de alpacas. En teoría, la lana —incluyendo la producida por los rebaños locales— pertenecía al Estado, quien la repartía a todas las familias (incluso a las que no tenían animales), que debían hilarla y confeccionar tejidos, tanto para su propio uso como para consumo oficial. Como consecuencia, los depósitos estatales se encontraban abarrotados de fibra y textiles. Esta obligación, que tenía antecedentes en las formaciones políticas preincaicas, era tan importante y generalizada como la mit’a agrícola y convertía al 586
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