una de sus cumbres una momia femenina acompañada de ofertorio textil, cerámico y plumario. Posteriormente, el paradero de la «reina del cerro» devino en un misterio. La larga historia de su aparente pérdida y eventual redescubrimiento fue objeto de una publicación específica por parte del arqueólogo suizo argentino Juan Schobinger, quien también publicó los resultados de los estudios interdisciplinarios desarrollados por un equipo de investigadores bajo su dirección (Schobinger, 1995 y 2004). La momia pertenece a una niña de 8 años, que presenta el cuerpo fuertemente reducido y plegado, preservado actualmente solo por desecación. Se encuentra actualmente presentada al público en una sala del Museo de Arqueología de Alta Montaña de la ciudad de Salta. Ceruti realizó prospecciones en las cimas del nevado y logró relocalizar el sitio de donde fuera sustraída la momia (véase Ceruti, 2004a). Pese al tiempo transcurrido, la memoria sobre la niña permanece viva en el folclor de la región del valle del Cajón, donde los habitantes se refieren a ella como «la hija del rey Inca», que «se cansó y se durmió en el cerro» (véase Ceruti, 2004b). En 1954, un grupo de arrieros encontraron el cuerpo congelado de un niño en las alturas del nevado de El Plomo (fig. 15.2), en las cercanías de la ciudad de Santiago de Chile. Alojado en el Museo de Historia Natural de Santiago, donde se conserva hasta la fecha, la momia fue estudiada por un equipo liderado por la doctora Grete Mostny (1957) y comprendió estudios de antropología física practicados por varios médicos y protocolos de los objetos arqueológicos, estudio de fibras, tinturas, metalúrgico, arquitectura, emplazamiento geográfico y glaciología, un estudio de avanzada para su época. En la década de 1980, Ángel Cabezas ascendió a la cumbre y realizó estudios in situ de la arquitectura incaica, como parte de su tesis para obtener el título profesional de arqueólogo, la que contextualizó en términos arqueológicos y etnohistóricos (Cabezas, 1986); ascensos y estudios que continuo hasta la década de 1990. Asimismo, y por varias décadas, la antropóloga física Silvia Quevedo dedicó análisis y estudios al niño, de ocho o nueve años de edad y de sexo masculino (fig. 15.3). Este habría llegado vivo a la cumbre y su deceso se habría producido por exposición al frío, pues existen indicios de vómitos con sangre relacionados con el edema pulmonar que precediera a su muerte. El niño tenía su rostro con pintura roja y sobre este color se dibujaron cuatro líneas diagonales de color amarillo que convergen hacia la nariz y la boca (Mostny, 1957, p. 32). Además, su cabello estaba peinado y ordenado en 516
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