tamaño, tenían una plataforma ceremonial llamada ‘usnu, edificios para festividad y viajes, un palacio para el inca, un monasterio para las mujeres elegidas, y varios otros espacios. Estas facilidades se corresponden aproximadamente con la lista de Bernabé Cobo sobre los centros administrativos, «… palacios reales de rica fábrica, templo magnífico del sol, (…) monasterio de las mamaconas; … tambo Real» (Cobo, 1964: II, lib. XII, cap. XXV, p. 114) y se corresponden más o menos con las instalaciones descubiertas en otros centros administrativos como Pumpu. Aun así, lo más probable es que estos asentamientos, ubicados por todas las provincias, hayan cambiado en forma y tamaño al igual que los tambos, en cuanto sabemos que los incas parecen haber ajustado su dominio según las condiciones específicas de cada provincia. Muchos de estos sitios, lamentablemente, permanecen poco estudiados, lo que genera un vacío importante en nuestro entendimiento de la arquitectura inca y su adaptación a las circunstancias locales. Fincas reales Las fincas reales, en contraste, están muy bien estudiadas. Los estudios conducidos en las fincas de Pachacútec, como Ollantaytambo (Protzen, 1993) y Machu Picchu (Valencia & Gibaja, 1992), de Túpac Yupanqui en Chinchero (Alcina Franch, 1976; Nair, 2003) y de Huayna Cápac en Quisipquanca (Niles, 1999) han revelado lo diversas que eran. No solo reflejan distintos aspectos de su patrón, tanto personales como políticos, sino que también revelan las cuestiones cambiantes del Estado inca a través del tiempo. Estas fincas, concentradas principalmente en los Andes, nos ofrecen una enriquecedora mirada sobre cómo la arquitectura y el paisaje incaico fueron moldeados y manipulados para representar simbólicamente la autoridad incaica, en particular aquella de la élite gobernante. Los incas insertaron su presencia en el paisaje marcando espacios sagrados (por ejemplo, tallando piedras o huacas), transformando tierras que no eran productivas en fértiles (por ejemplo, construyeron sus características terrazas) y creando una arquitectura que parecía emerger naturalmente del paisaje sagrado (por ejemplo, incorporando afloramientos rocosos en su arquitectura, difuminando de esta forma la línea entre lo natural y lo artificial, como se puede ver en el Torreón en Machu Picchu). También revelan cómo un solo tipo de asentamiento, como la finca real, podía cumplir diferentes funciones, ya sean administrativas, religiosas o personales. En este sentido, nos recuerda que, a pesar de que los 448
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