El flujo del agua y de otros líquidos es más que una característica vivificadora del paisaje andino y de los sitios incaicos. Muchos de los vasos de cerámica incaicos, en realidad las únicas cerámicas figurativas fabricadas por los incas, son pacchas. Esto es, cumplen la misma función que las pacchas de madera que se utilizan todavía hoy en día. Un ejemplo es la cerámica de un antebrazo y mano derecha de tamaño real y que se extiende ofreciendo una copa (fig. 10.34). Esta pieza de cerámica incaica es muy similar a la de los dos brazos artificiales adheridos a las momias que fueron descubiertas en Sicán, en la costa norte, y que sostienen una copa de metal (aquilla) en su mano extendida. La cerámica de la mano con un quero fue descubierta por Hiram Bingham en Machu Picchu y probablemente fue fabricada por artistas chimú que fueron llevados al Cuzco desde la costa norte, por lo que el objeto pertenecería en realidad a la tradición local de esa zona. Fue, aun así, incorporado por los incas, pues expresa sucintamente la importancia del intercambio ritual incaico representado en el brindis oficial con chicha, o cerveza de maíz, que se realizaba en una copa especial. También evoca uno de los principios estéticos que comandaba la producción y uso de algunas de las copas rituales más importantes, expresado por el término quechua yanantin. Si pensamos en la escultura de cerámica descubierta en Machu Picchu, observamos en la mano uno de los objetos rituales más importantes de los incas: el vaso. En este sentido, la escultura sugiere a su propio par, pues no existe tal cosa como un quero o aquilla producido de forma individual ni tampoco un brazo único. Cada uno tiene un opuesto reflejante, pues nadie nunca bebe solo. Más aún, el líquido que brota de esta paccha materializa el brindis recíproco con la Pachamama o Madre Tierra. 366
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