El imperio inka

la di de mejor voluntad a la iglesia […] lo principal fue quitarles la reverencia grande que se tenía a aquella plaza por esta razón. Continúa diciendo que la fina arena blanca de la plaza fue traída desde la costa del Pacífico por orden de los incas y que descubrieron las estatuas de oro y plata de los hombres, mujeres y animales al retirar la arena, pues estaban enterradas en ella. El transporte de la arena no solo fue un acto muy intensivo en mano de obra y una manifestación de voluntad y poder político, sino también de poder material; la arena era sagrada y su colocación tenía como intención transformar y santificar la plaza. El lugar del que vino, el Pacífico, recibía el nombre de mamacocha o «madre cuerpo de agua» y era alabado de la misma forma que las montañas, el Sol y la Luna. La arena, por ello, no se utilizó solo para convertir la zona pantanosa original de la plaza en una superficie uniforme y visualmente purificada, sino que convirtió la plaza en sí misma en un lugar más sagrado, una especie de cocha50 en donde las aguas del océano y del lago Titicaca se mezclaban al ser vertidas sobre la arena durante los diferentes rituales (Zuidema, 1982; Sherbondy, 1992). Por otra parte, la tierra que estaba originalmente en la plaza fue retirada y llevada a sitios incas por todo el imperio, santificando/replicando cada uno como si fuese otro Cuzco, algo a lo que Guamán Poma de Ayala hace referencia cuando habla de diferentes centros incaicos como «otro Cuzco»51. En este sentido, la arena blanca no solo embellecía la plaza, sino que la impregnaba de la materialidad telúrica de lo sagrado. Más aún, la plaza era un espacio tan conceptual como material. De hecho, muchos de los elementos de diseño que uno ve en la decoración de los textiles y cerámicas andinos también estaba presente en la plaza en términos de cómo estaba dividida conceptualmente. Aquí las divisiones políticas y sociales del Tahuantinsuyo se realizaban espacialmente y eran utilizadas para organizar los rituales incaicos que allí se llevaban a cabo. En otras palabras, la plaza como fenómeno era más que una cocha. Espacio y material se unían de una manera incluso más profunda para que esta forma arquitectónica marcara el centro físico y metafórico del Tahuantinsuyo. La plaza, entendida como la unión entre lo físico y lo ideal, puede ser entonces imaginaba como la plantilla ideal de las divisiones binarias y cuadripartitas que organizan muchas de las formas incaicas, como las imágenes tocapu (fig. 10.14), las estructuras arquitectónicas (ver capítulo 12 por Nair y Protzen) y prácticamente todo lo demás. Esto se debe a que, 337

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