El imperio inka

seis mil familias asignadas, solo mil estaban dedicadas a la minería del oro, mientras que las demás estaban allí para sostener toda la operación. Incluso a esa escala, sin embargo, la colonia minera era mucho más pequeña que la zona de producción agrícola de Cochabamba. Esta tenía catorce mil trabajadores; no obstante, todavía hay discusión sobre cuántos de ellos eran permanentes y cuántos temporales. Los incas dedicaron mano de obra también a otras instituciones, especialmente a aquellas que suelen ser entendidas como órdenes religiosas. Las aqllakuna eran mujeres jóvenes que habían sido separadas de sus familias antes de la pubertad para vivir en recintos segregados dentro de propiedades estatales. Allí eran educadas en una serie de roles culturalmente respetados: hilaban telas y preparaban chicha hasta que fuesen entregadas en matrimonio a hombres premiados por el Estado (Morris, 1974; ver capítulo 11 por Phipps). Los incas se aprovecharon de lo que percibieron como las características específicas de ciertos grupos étnicos y los asignaron a tareas especiales. Los rucana, por ejemplo, fueron empleados como portadores de camilla; los qolla, como canteros y los chumbivilcas, como bailarines. En aquel tiempo, los grupos étnicos particularmente hábiles o beligerantes fueron asignados de forma exclusiva a tareas militares. Cada emperador tenía su propia guarda, usualmente compuesta por estos grupos. Los chachapoyas, cañares, chuyes y charkas destacaban como guerreros (Rowe, 1946), mientras que los quillancingas de los bosques tropicales resultaban especialmente valiosos en cuanto comieron a sus enemigos. LOS REBAÑOS DE LOS INCAS Tan importante para los incas como sus tierras agrícolas, eran sus rebaños de llamas y alpacas. Las manadas de camélidos conformaban el núcleo de la economía estatal en cuanto tenían un valor utilitario, de estatus y ritual. Los incas dedicaron una buena parte del trabajo de sus súbditos a criar grandes rebaños, si bien el tamaño de estos todavía es incierto. El cronista Román y Zamora (1897, p. 122) escribió que el Sol tenía más de un millón de animales, lo que puede ser un estimado bastante adecuado. Se suele hablar de entre 30 y 50 millones de camélidos en la era prehispánica (ver Bonavia, 2008), por lo que imaginar la propiedad inca en el rango de los millones parece razonable. Como no había manadas libres que pudiesen ser capturadas por el Estado, lo más probable es que, para poder formar estos rebaños, hayan tenido que confiscar animales de los pueblos 214

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