El feminismo : conferencia leída en la Sociedad Geográfica de Lima el 28 de octubre de 1911
-3- ción pública, con la exclusiva misión de reproducir la especie, y obedecer siempre, sin protestar jamás, a su amo y señor. En Egipto y en la India, sólo las jóvenes consagradas al templo reci– ben una educación relativa a este servicio, permaneciendo el resto sumi– do en la más completa ignorancia, abandonado a la vida vegetativa del irracional. En Judea, sufre la tiranía del patriarcado y el bárbaro régimen de la poligamia: de la esclavitud del padre pasa a la del esposo, se mantiene su inteligencia en la obscuridad, y sólo se le ejercita en los quehaceres do– mésticos. La progresista Atenas la confina al gineceo; la excluye de la brillante cultura alcanzada; no le da más enseñanza que la del canto y la danza; no desenvuelve en ella más que virtudes negativas. No puede menos de llamar la atención que mientras que a la mujer le– gítima se le quita la libertad, se le encarcela, se le condena a eterna inercia mental, a las hetairas se les dejaba en plena independencia, exoneradas de todo deber doméstico, con libertad para instruirse; esta clase especial de mujeres adquiría una elevada cultura literaria, las sutilezas del espíritu y el arte de la retórica que tanto gustaba a los atenienses, equiparándose al hombre intelectualmente, y ofreciéndole en el trato social las voluptuosi– dades de la inteligencia, relata Demóstenes. Esparta, nación esencialmente militar, desdeñando el cultivo de la inteligencia como adorno superfluo, aún en el hombre mismo, no se pre– ocupaba más que de desarrollar las fuerzas físicas y el valor de la mujer, para formar a la madre robusta y valerosa, que generase soldados fuertes e intrépidos. Y para conseguir este ideal, el Estado la sometió a la misma educación física que al hombre, ejercitándola en el salto, en la lucha, en la carrera, en lanzar el disco y el venablo, mientras que en el hogar reci– bía la educación espontánea, que le enseñaba la sumisión al esposo y el servicio doméstico. Roma fue el único pueblo de occidente que en la antigüedad dignificó a la mujer, llenándola de consideración en el hogar, aunque siempre bajo la más rigurosa subordinación. El nombre de matrona era muy respeta– ble, y ha llegado hasta nuestros días como sinónimo de virtud y honor. En América, en Méjico y en Tahuantinsuyo, también la mujer fue oprimida con el doble yugo de la servidumbre y la ignorancia. Parece que tácitamente los hombres de todos los pueblos hubiesen acordado en su soberbio egoísmo oprimir cruelmente a la mujer, negán– dole los bienes sublimes de la libertad y de la ciencia. En la edad medioeval, aunque el advenimiento de las nuevas doctri– nas levantó, en teoría, a la mujer de la condición de esclava a la de com-
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