El feminismo : conferencia leída en la Sociedad Geográfica de Lima el 28 de octubre de 1911

-16- perniciosamente la idea de la fragilidad y se le impone el vulnerante sis– tema de que delegue en segunda persona la dirección de su conciencia; se extravía el concepto del deber, dando la preeminencia a meras fórmulas sobre las verdaderas virtudes que generan la felicidad de las familias; im– pera el concepto de que la mujer ha nacido para esposa o monja, de que su misión está exclusivamente en el hogar, y de que es el hombre padre, esposo, hermano ó hijo, el que debe subvenir a la subsistencia de la fami– lia; y como corolario lógico de tales principios, prevalece el criterio de que no es necesario dar a la mujer una educación sólida y amplia, que la provea de aptitudes útiles para bastarse así misma. La mujer queda, pues, inerme en la lucha por la vida; sin más méritos que sus atractivos físicos e ingénitas virtudes, sin más ideal, sin más «carrera», -como dice el dis– tinguido catedrático de Oviedo, doctor Posada, -que el matrimonio, si es rica, para que el esposo administre lo bienes, y tenga con quien concurrir a las diversiones sociales; si es pobre para librarse de las terríficas angus– tias de la miseria, y de la tutela de los parientes; el matrimonio, pues, no se le presenta como la resultante de un amor profundo y desinteresado, sino como una necesidad económica y social. En un país esencialmente burocrático, donde la fortuna particular es mezquina, donde los hombres sostienen el esplendor de la casa sólo con el alto empleo con que los favorece el partido político imperante, y con una que otra insignificante especulación, las consecuencias de la de– ficiente educación femenina, son desastrosas, pues perdido el puesto, o muerto el padre, el esposo, queda por única herencia el vano orgullo de la pasada posición y la miseria pavorosa que se disimula hasta donde es posible, aliviándola con un pequeño trabajo que se oculta cual denigrante estigma, y prometiéndose dejarlo en cuanto se encuentre el ambicionado esposo, cuyo tipo es preferentemente, el eminente político, que restituya la perdida opulencia, o, en último caso, el rico comerciante. El matrimonio sobre tal base no puede ofrecer garantía de felicidad perenne; «no será el puerto para guarecerse de la tempestad de la vida -como dijo un escritor,-sino la tempestad espantosa en pleno puerto». Y a propósito de esta observación, debo consignar también la grande oposición que existe entre el criterio general y la educación femenina: no obstante ofrecérsele a la joven el matrimonio como único destino, no se le da una cultura eficaz, para que desempeñe cumplidamente su augusta misión de esposa y madre. Se vive conforme con que la mujer reciba sólo la instrucción prima– ria, deficiente, rutinaria y estéril, aferrada como está aún entre nosotros, salvo raras excepciones, a los arcaicos métodos mnemónicos. «Ignorante la mujer de las leyes de la vida y de los fenómenos del

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