El feminismo : conferencia leída en la Sociedad Geográfica de Lima el 28 de octubre de 1911

-8- erróneo plan concertado por los más competentes generales que iba a conducir al desastre, y que se siguiese el suyo, que dio magníficos resul– tados. Y en la América del Sur icuántas heroínas no hemos tenido en la guerra de la independencia, que trabajaron eficazmente por la libertad, y hasta rindieron la vida por la patria, como nuestra compatriota María Andrea Bellido! Más la brillante actuación de estas personalidades ha sido excep– cional, hechos aislados que excitaron un momento la admiración de la humanidad, pero que no mejoraron la condición de la mujer, que per– maneció siempre sumida en atónica ignorancia y degradante esclavitud. Pero en homenaje a la verdad histórica, y en honor del sexo mascu– lino, debo dejar constancia de que en todas la épocas la mujer ha tenido entusiastas defensores; espíritus superiores que han reconocido y procla– mado sus méritos y derechos: Platón la declara igual al hombre, digna y capaz de ejercer todas las funciones humanas; Plutarco preconiza que se le instruya en las ciencias más elevadas, para que desempeñe eficiente– mente su misión de madre educadora; y Séneca sostiene que de la educa– ción de la mujer depende la salvación o la pérdida del Estado. En el Renacimiento los sabios humanistas Vives y Erasmo, combatie– ron los prejuicios con respecto a la educación de la mujer, reivindicando sus derechos a la vida intelectual; en el siglo XVII el arzobispo Fenelón, y en el siglo XVIII el abate de Saint Pierre, encarecen la necesidad de la elevada cultura femenina, pidiendo el último que se establezcan colegios nacionales de primera enseñanza, y cursos públicos. Más tarde Condor– cel y Stuart Mili condenan la preeminencia del varón, y abogan por la igualdad de los sexos, y Víctor Hugo exclama con profundo talento cla– rovidente: "El siglo XVIII ha proclamado el derecho del hombre, el siglo XIX proclamará el derecho de la mujer". Estos nobilísimos ideales, aislados y ocultos tanto tiempo como es– trellas solitarias tras tenebroso cielo, han conseguido por fin irradiar su luz pura en las negruras del egoísmo y la ignorancia, iluminando lamen– talidad de una buena parte de la sociedad moderna, y la mujer misma, al fin, consciente de su capacidad, alentada por sus legítimos derechos, susceptible al progreso universal, herida en su dignidad, recobrando la noble altivez y energía del ser humano, ha roto las puertas de su lóbrega prisión, ha transpuesto los mezquinos límites de la vida vegetativa, ha protestado de la inferioridad y de la inercia mental a que la condena el ansia de predominio del varón, emprendiendo una intrépida campaña por la conquista de sus conculcados derechos. Y he aquí planteada ya una de las más importantes cuestiones socio-

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