El feminismo : conferencia leída en la Sociedad Geográfica de Lima el 28 de octubre de 1911

-5- El programa se reducía a la enseñanza del catecismo, de las virtudes cristianas, de la lectura y la escritura. Y para tan deficiente instrucción se le sometía a la más severa disciplina. Fenelón, el Arzobispo de Cambrai, habla con suma tristeza de "la caverna de las profundas tinieblas en que se tenía encerrada y como sepultada la juventud de las mujeres", donde se les obligaba a que guardasen silencio o hablasen en voz muy baja; a que caminasen siempre entre dos religiosas, "para impedir que retardando el paso con cualquier pretexto, puedan tener comunicación entre ellas"; a que trabajen de modo que nunca estén dos o tres juntas; a que se ocupen de preferencia en lo que les disguste, pues así agradarán más a Dios; a que se combatan las inclinaciones naturales, los más santos sentimientos del corazón, como es el de la amistad; a que se contrariase, en fin, en todo a la naturaleza, se le sometiese a mortificaciones, y se despreciase el cuerpo, hasta el extremo de descuidar el aseo. No obstante tan inacabables siglos de esclavitud, de forzada igno– rancia, de completa inercia mental, no se ha extinguido la fulgente llama de la ingénita inteligencia de la mujer, ni enervado su enérgica voluntad: ambas dignificantes cualidades han permanecido latentes en su hierático espíritu, haciéndose visibles innúmeras veces, cual magníficos meteoros esplendentes en las tenebrosidades de la horrorosa noche de su cruel cau– tiverio; como un enérgico mentís a sus detractores; como un grito de protesta contra sus opresores; como la prueba más evidente de que por el corazón que siente, por el carácter que actúa, y por la inteligencia que dirige, está al mismo nivel elevado que el hombre, y que no hay razón ló– gica para que éste ejerza sobre ella preeminencia alguna. Así Judit libró a su patria de caer bajo el yugo asirio; Semíramis tomó valerosamente la ciudad de Bactres, cuando ya el rey Mino con su mi– llón de guerreros desesperaba rendirla, embellece con obras portentosas a Babilonia, y engrandece el Imperio asirio; Safo arranca a la poesía sus más sublimes estrofas, conquistando la inmortalidad; Leena toma parte en la conspiración de Harmodio, y llevada al tormento se corta la lengua con los dientes, para que el dolor no vaya a arrancarle confesión alguna; Aspasia contribuye al florecimiento de las artes griegas; las espartanas personifican el más heroico patriotismo, e inspirando a sus hijos y a sus esposos, y por la patria inmolan hasta el sublime sentimiento de la ma– ternidad; así las vemos consentir sin protesta, en que sean arrojados al abismo los hijos débiles y deformes que no habían de servir a la patria; vemos a las madres de los muertos en la batalla de Leuctres, pérdida por Esparta, acudir con semblante alegre a dar gracias a los dioses, mientras que las de los sobrevivientes demostraban el mayor pesar; una madre, viendo a su hijo huir de un combate, le mata con su propia mano, dicién-

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