la estrategia para conseguir la paz no fue efectiva. Muchos resistieron ante la llegada del enemigo, como sucedió en las expediciones a la sierra central: la primera se inició en abril de 1881, al mando de Ambrosio Letelier; la segunda se dio a partir de enero de 1882, inicialmente al mando de Patricio Lynch y de José Francisco Gana136, y posteriormente bajo la autoridad de Estanislao del Canto137 (Basadre 1983, VI, pp. 284-288). Todo eso dilató la guerra, y —como ya se ha señalado— preocupó al gobierno chileno. Por otro lado, la fragmentación política y social que sufría el país, al igual que su complicada geografía, fueron graves obstáculos para los planes chilenos. La campaña de la Breña supuso durísimas complicaciones para el ejército de ocupación. Esto se debió, en principio, a la falta de adaptación del soldado chileno a la geografía peruana, a la resistencia de la población nativa y a eventuales errores estratégicos de parte de los jefes militares extranjeros. Hacia julio de 1882, las tropas chilenas que se encontraban en la sierra central estaban afectadas por la mala alimentación, por la falta de agua y de sal, y por los contagios de enfermedades como la viruela, el tifus, la disentería, la tifoidea y otros tipos de «fiebres» (Sater, 2007, pp. 322-323). Precisamente el 18 de julio de 1882 apareció publicada, en un periódico santiaguino, una carta que denunciaba las pésimas condiciones de vida que sufrían los soldados chilenos en la sierra del Perú, en cuanto a la alimentación, el vestido y los alojamientos. En ese contexto, se manifestaba el temor de que aquellos, que tan malas condiciones padecían, pudieran convertirse en «apetitoso sebo para el enemigo» (Mc Evoy, 2011a, pp. 267-268). Justamente en esa segunda quincena de julio de 1882 aparecieron varios artículos en periódicos chilenos que afirmaban que no se podía tolerar la continua pérdida de vidas que estaban sufriendo los chilenos en el Perú. La situación se evaluaba como muy grave porque acababan de llegar las noticias sobre el revés sufrido por los chilenos en Concepción, con la muerte de todos los integrantes del contingente militar establecido allí (2011a, pp. 389-390). A pesar de todas esas dificultades, las autoridades chilenas nunca quisieron reconocer el gobierno provisorio, al considerar que sus representantes no aceptarían firmar la paz con cesión territorial. Según afirma Encina, ni en el momento más difícil se quiso hacer dicho reconocimiento. El nuevo presidente de Chile, Domingo Santa María — quien asumió el poder en 1881— y su ministro de Relaciones Exteriores, Manuel Balmaceda138, concluyeron que se había entrado en un círculo 90
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