vicioso: Chile no podía controlar todo el territorio del Perú y el gobierno provisorio no quería aceptar la cesión territorial. Se planteó entonces la posibilidad de una tregua. En el caso de Bolivia era factible, pero no en el caso del Perú, que había demostrado resistencia. En ese contexto llegó la noticia del arribo de los comisionados norteamericanos William Trescot139 y Walker Blaine a Chile. Frente a esta situación, Santa María y Balmaceda consideraron con mayor fuerza plantear la tregua. El problema, según Santa María, era con qué gobierno firmar la tregua: «No hay gobierno organizado en el Perú, ni es de creer que alguno que se organice se prestase a firmarla, desde que los peruanos deben estar creyendo que los yankees habrían de traer una escuadra para defenderlos» (Encina, 1951, XVIII, p. 26). En Chile se criticó mucho el prolongado tiempo de la ocupación. En un periódico llamado La Serena, en julio de 1882, se mencionaba el altísimo costo económico de la guerra, al igual que las muchas pérdidas de vidas de soldados no solo a causa de las operaciones bélicas, sino también atacados por la fiebre amarilla o la viruela (Mc Evoy, 2011a, pp. 337-338). Frente a los muchos reclamos de este tipo, el gobierno chileno argumentaba que el prolongado statu quo se debía a la inexistencia de un gobierno peruano con el que se pudiera tratar la paz. El propio presidente Santa María manifestó su preocupación por la prolongación de la guerra. En carta a Jovino Novoa, de marzo de 1882, le informaba de la opinión de Adolfo Guerrero —jefe político de Lima, que por entonces estaba de licencia en Santiago— en el sentido de que «la paz está hoy tan lejos de nosotros como estaba ayer». Guerrero sostenía que las fuerzas chilenas debían desocupar Lima y el norte del Perú: Adolfo cree que debemos retirarnos de Lima y del norte y concretarnos a ocupar el territorio que ha de ser nuestro. Desembarazado el Perú de nuestras armas se organizará y hará o no la paz, pero nadie nos moverá de los lugares que ocupemos (Bulnes, 1919, III, p. 255, n. 17). Santa María manifestaba sus dudas sobre ambos escenarios, y se preguntaba: «¿organizamos la ocupación o nos retiramos?» Entendía que el retiro no sería tolerado por la opinión pública chilena, pero a la vez subrayaba que era altísimo el costo económico de la ocupación, y que en el futuro las expectativas de los jefes militares chilenos podrían significar un problema para el propio gobierno (1919, III, p. 255, n. 17). Tal vez uno de los más duros golpes para la administración chilena fue 91
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