en circulación, y si todavía existían billetes en los Estados Unidos a la orden de la Junta [414]. 2.5. Los intereses de Chile: su administración en el Perú Si bien la Guerra del Pacífico supuso para Chile, a la larga, grandes beneficios de todo orden, debe recordarse que en su curso no fueron pocos los momentos de tensión en el seno de la clase política del país del Sur, y en la propia opinión pública, con respecto al rumbo que debía darse al conflicto, sobre todo después de la ocupación de Lima. Hubo opiniones divergentes con respecto a la permanencia de las fuerzas chilenas en Lima y con respecto al modo de afrontar la resistencia peruana en la sierra. En efecto, fueron muchos los meses de ocupación chilena de diversos puntos del territorio peruano, y de evoluciones de sus tropas con el propósito de lograr una victoria definitiva. Ese proceso supuso —además de los factores económicos y propiamente militares— la necesidad de una organización administrativa. Carmen Mc Evoy ha estudiado precisamente el contexto político, social y cultural chileno del tiempo de la guerra, y ha puesto de relieve cómo esta significó la gran oportunidad que permitió que se pasara del «Chile viejo» al «Chile nuevo», y cómo las contradicciones y los dilemas del republicanismo chileno fueron resueltos a través de la expansión fronteriza, como también estaba ocurriendo en el caso de los Estados Unidos (2011a, pp. 408-409). El Estado chileno dotó de un adecuado soporte burocrático a su presencia en el Perú y construyó un eficaz discurso que le permitió justificar frente a su sociedad los gastos y los esfuerzos de la guerra: La noción de Estado que aplicamos para el caso particular de Chile es el de un centro institucional y permanente de autoridad política sobre el cual los regímenes reposan. Más allá del debate que puede surgir respecto a políticas específicas, su autoridad es ampliamente aceptada dentro de la sociedad […]; el Estado chileno exhibe, al menos en el núcleo central que opera desde La Moneda, la suficiente coherencia para convertirse en un actor decisivo en la consecución de fines estratégicos (Mc Evoy, 2011a, p. 31). En contraste con la imagen del Estado chileno —que sus propios publicistas enaltecían permanentemente—, la de los Estados peruano y boliviano era de poca solidez y autoridad frente a sus sociedades. Esta idea fue muy repetida de parte de diversos autores chilenos de la época, a través de textos de diverso tipo y de artículos periodísticos. En realidad, se trataba de la prolongación de una suerte de complejo de superioridad 81
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