El Estado en la sombra

y el alejamiento del Perú de Nicolás de Piérola permitieron al gobierno provisorio, presidido ya por Lizardo Montero, mayor libertad de acción, y la posibilidad de desarrollar sus políticas sin oposición interna, al menos por algunos meses (2009, III, p. 119). El escenario cambió en agosto de 1882, con el denominado «grito de Montán». Este pronunciamiento de Iglesias, desde Cajamarca, supuso una ruptura en el seno del gobierno provisorio, ya que aquel se había desempeñado hasta entonces como jefe político-militar del Norte. El núcleo del planteamiento de Iglesias era el de sostener que había que poner fin, por medios prácticos, al daño y la humillación que suponía la ocupación chilena del territorio peruano. Consideraba inviable el triunfo frente a Chile, y se mostraba convencido de que no se iba a producir ninguna intervención extranjera en favor del Perú. Afirmaba que desde la ocupación de Lima la guerra no era contra Chile, sino contra «nuestros propios desventurados pueblos». Para él, la situación se reducía a escoger entre la indefinida ocupación chilena —con sus gravísimos daños, de todo tipo— y el «reconocimiento valeroso de la derrota», mirando el futuro (Basadre, 1983, VI, p. 315). Figura 5. Nicolás de Piérola Fuente: Archivo Histórico Riva-Agüero, Instituto Riva-Agüero de la PUCP. 38

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