género para atender a las necesidades de la administración en sus diferentes ramos, así como para las atingencias de la guerra actual»39. Montero afrontó muchas dificultades para afianzar su autoridad como presidente del gobierno provisorio cuando estuvo establecido en Cajamarca. En el sur, De la Torre, jefe político-militar, había reconocido su autoridad, pero actuaba sin coordinar con él, ni en lo político ni en lo militar (Yábar, 2009, III, p. 10). Ante esa situación, los delegados del gobierno en Lima le manifestaron por escrito la necesidad de estar coordinados [76]. Por su parte, Cáceres, en el centro del país, no reconocía aún oficialmente a Montero, y los delegados de este en Lima manifestaban su preocupación ante la posibilidad de que dicho general quisiera erigirse como jefe supremo de la nación, tal como sus fuerzas se lo habían planteado [2]40. Por todas estas consideraciones, Montero debió planear pronto un traslado de sede. Cajamarca estaba muy lejos de Lima, donde seguían estando las legaciones diplomáticas extranjeras, que podían ayudar en las gestiones de paz. Además, la fuerza militar que estaba a su disposición en Cajamarca no constituía un elemento disuasivo frente a los chilenos. Yábar considera que Montero se encontraba «enclaustrado» allí: en efecto, no podía recibir abastecimiento por vía marítima ni desde el norte, ya que la comunicación con el Ecuador era muy difícil (2009, III, p. 11). Al decidir su salida de Cajamarca, Montero estaba afrontando movimientos de protesta frente a su gobierno. Especialmente importante fue la sublevación del hacendado José Mercedes Puga41, el 18 de febrero de 1882, que denunciaba la supuesta inacción de Montero con respecto a la guerra. Por su parte, el 20 de febrero Montero resolvió nombrar a Miguel Iglesias como jefe político-militar del Norte. Iglesias había sido pierolista, aunque luego de la campaña de Lima se había retirado de la actividad pública. Puga fue derrotado por Iglesias en Chota, tras lo cual aquel se retiró a su hacienda de La Pauca (Dammert, 1983, pp. 38-40). Es interesante constatar que tanto García Calderón como Piérola eran conscientes de los perjuicios que al Perú había causado el mencionado «faccionalismo» entre los políticos, y de cómo este adquiría características fatales en el contexto de una guerra externa. García Calderón, en sus Memorias del cautiverio, al referirse a la política peruana —y a la de otros países latinoamericanos— señalaba que los partidos, más que políticos, eran personales: Estos partidos, no defendiendo principios sino personas, no podían estar 35
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