referido, y que permitió que la burguesía limeña tuviera un impacto importante en la política nacional (pp. 177-194). Pero el problema de fondo seguía siendo el de las graves divisiones entre los peruanos para afrontar la crisis de la guerra. Como ya lo hemos señalado en oportunidad anterior, a lo largo del siglo XIX no se había constituido «una clase dirigente estable y con voluntad de servicio a los intereses del país. Se creó un Estado teórico, desligado de la compleja realidad del Perú. El vacío de poder fomentó el advenimiento del caudillismo y de la anarquía. No faltó inteligencia ni gente con cualidades; faltó espíritu solidario» (Puente Candamo & Puente Brunke, 2008, p. 23). Prueba palmaria de esa falta de espíritu solidario está en el hecho de que el Congreso rechazara, en un momento tan crucial como el mes de junio de 1879, las iniciativas del ministro de Hacienda, José María Químper, para establecer un impuesto sobre las exportaciones de plata y de azúcar blanca, para exigir que los derechos de aduana fueran pagados en soles de plata — y no en billetes fiscales, cada vez más depreciados—, y para gravar los capitales con una tasa del dos por ciento. En esa etapa anterior al combate de Angamos, el único gravamen que el Congreso aprobó fue el de la «contribución personal», en razón de cuatro soles en la costa y tres en la sierra. Se exceptuó de esa contribución a los soldados, oficiales y empleados públicos, ya que se les había rebajado —como medida de emergencia— el veinte por ciento de sus sueldos. Además, en esa delicada etapa también se envió una misión a Europa para gestionar un préstamo con el fin de adquirir barcos blindados, los bancos emitieron más billetes, hicieron una donación al gobierno y se creó una Junta Central Administradora de Donativos (Contreras, 2012, pp. 112-113). Carlos Contreras pone de relieve en este sentido la falta de responsabilidad de la clase dirigente: La clase oligárquica rechazaba las imposiciones extraordinarias, insistiendo en la búsqueda de empréstitos en el extranjero y trasladando a la clase campesina el esfuerzo fiscal. […] Así, con exacciones a los campesinos, préstamos del extranjero, donativos de la población y emisión de billetes fue que la oligarquía, representada en el gobierno de Prado, se planteó financiar la guerra (2012, pp. 112-113). Es evidente que la mencionada falta de espíritu solidario mostró su peor cara en el contexto de la guerra. Sin embargo, deben evitarse las generalizaciones, como la de afirmar, por ejemplo, que los dirigentes civilistas estuvieron desde un principio dispuestos a acordar la paz con 21
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