este examen pudiera llevarnos a resultados prácticos». En la parte final de la carta, manifestaba lo siguiente: Ni Bolivia ni el Perú pueden ser naciones verdaderamente soberanas e independientes en el concierto sud americano, si consienten en desmembrar sus territorios: no lo serían ellas, ni ninguna otra de las Repúblicas hermanas de la misma raza181. Un mes después de la llegada de Carrillo se llevaron a cabo las «conferencias de Lima», entre el 27 y el 29 de junio de 1882, en las que participaron el propio Carrillo, en representación de Bolivia, y Ramón Ribeyro como plenipotenciario peruano (Parodi, 2001, pp. 59-62). El propósito era llegar a un acuerdo entre ambos países en torno a la situación de incertidumbre que se vivía en cuanto al logro de la paz. Al respecto, Álvarez remitió instrucciones al ministro Ribeyro sobre la postura que debería asumir frente al diplomático boliviano, en las que dejaba entrever cierta desconfianza en relación con la posición del país altiplánico. Entre otras cosas, le decía lo siguiente: El señor Carrillo acompañó a este gobierno aquellas credenciales con la nota de 11 de mayo último, en que dice, que, aunque el Perú y Bolivia sufren la prueba de un infortunio, no se ha doblegado la fuerza moral con que mantienen los principios de la paz del continente, y que ante el terreno de la justicia todos los intereses son conciliables entre pueblos que a pesar del antagonismo creado por la guerra, están llamados a confundir sus esfuerzos en un común destino. Esta última frase que anuncia la idea de confundirnos en un común destino con Chile que nos arrebata nuestras riquezas y que nos humilla y despedaza, llamó la atención de nuestro gobierno, y ha creído conveniente proceder con calma, examen y meditación en sus actos relativos a la nueva actitud que se le deja entrever182. A lo largo de las instrucciones firmadas por el ministro de Relaciones Exteriores peruano se puede intuir la sospecha de que el propósito del ministro boliviano fuera el de convencer al Perú de que se firmara una tregua entre los países beligerantes. Por ello afirmaba Álvarez que la postura del Perú debía ser invariable: nuestro país debía ser respetado, y no debían permitirse las intenciones de conquista de los chilenos. Indicaba a Ribeyro que debía limitarse a manifestar que el gobierno peruano no estaba aún persuadido de que la tregua fuera conveniente en términos prácticos; que hasta ese momento solo se veía inconvenientes, como el de aceptar, aunque fuera provisoriamente, «la desmembración de sus territorios y usurpación de sus riquezas». De todos modos, Álvarez 128
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