El conspirador, autobiografía de un hombre público : novela político social

- 79 -- y así, sin grande esfuerzo, y casi de la noche á la mañana, me encontré en condición de tener ene– migos y partidarios, que es el mejor principio, y casi la base, para llegar á la popularidad de una can– didatura. En el ministerio, me propuse emplear todas las fuerzas d~ mi_ voluntad, y todos los resortes de mi posición política, á fin de crearme un partido, que yo pudiera llamar mio propio. Hasta entónces yo no había tenido más que amigos, y yo necesitaba contar partidarios. A propósito, preciso es que conste lo siguiente: -Creo que ningun ministro puede ser austero y recto en el cumplimiento del deber, si pretende for– marse un partido propio adicto á su persona. Y esto que se diría exagerado, fácilmente se' explica. Un jefe de parti fo es algo asi como un comerciante; necesita dar para que le dén, y antes que la justicia, ve la conveniencia. Qué honradez ni qué integridad, puede caber en el candidato, que necesita derramar una gota de miel en los labios de cada uno de los que se le acercan para atraerlo á su parti(lo? ¿ Qué honradez es posi– ble, en el que vá á conquistarse partidarios, y entra de lleno en la corriente de influencias y favores, que se piden á cambio del voto ofrecido; favores, que n<> pueden negarse, so pena de perder á un amigo. Yo de mí sé decir, que cuando un ministro con pretensiones de candidato, habla de su honradez y rectitud, me dan ganas de reir. Sin pensarlo ni quererlo, sin ~asi poderlo evitar,

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