El conspirador, autobiografía de un hombre público : novela político social
- 70 - de horror, hácia aquel desgraciado; le alcé sobre mis rodillas, le llamé ...... no se movió. Su cabeza inerte, caía de un lado á otro, con la horrible pesadéz de la muerte. Coloqué mi mano obre su corázón, buscando allí los últimos destellos ,.de la vida, y no latía. La bala había penetrado por el lado izquierdo del pecho, atravezando el corazón y los pulmones. - Está muerto ! - exclamé horrorizado. - Viva Arequipa!-gritaron casi á una los solda- dos que me acompañaban. Yo no sabía que decir, ni qué hacer. Por prime– ra vez veía tan cerca de mi, los estragos de la guerra civil. Contemplaba el cadáver que con sus ojos fijos, pa– recían mirarme tristemente, cual si me reprocharan aquella muerte de la que era yo involuntariamente cómplice; y sus ojos, no manifestaban rencor, ni. odio, ni su boca estaba plegada por la menor impre– : ión de dolor, forma~do horrible contraste con la sal– yaje alegría de sus matadores. Alej éme de allí, no como el guerrero que ha muer– to á un enemigo, sino como el criminal que lleva en , u conciencia el peso de un asesinato. quella noche, no llegué á conciliar el suefio: veía los ojos del militar muerto y su expresión de bondad, más ma rtirizante para mí, que las contorciones del moribundo : veía humareda de combates; llanuras cu– biertas de cadáveres· campos asolados por la mano fatricid a de los revolu cionarios ; y luego imag inába -
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