El conspirador, autobiografía de un hombre público : novela político social
- 68 - - Contemplaba la campiña, y parecióme ver en su semblante esa idealidad, esa emoción propia, más que del soldado, del poeta. El cielo irradiaba luz clarísima, iluminando el gran– dioso panorama, en el cual, destacábase el Misti, sur– giendo imponente y magestuoso de sus ámplios ve– los de vapor, sombrío y ceniciento; y los primero~ rayos del sol naciente, ensanchaban la llanura ale– jando el horizonte que iba á confundirse con los le- _ j anos matices de la campiña. ¡ Ah ! nada más opuesto á las ideas que á todos nos animaban, que aquella naturaleza ubérrima y llena de vida, impregnada con las auras cargadas de ese olorcillo, que sin ser un perfume, tiene el balsámico sabor de todo lo que es forestal y deliciosamente em– briagador! -Es un poeta - decíame , o - quizá un artísta. levado á servir al Gobierno en cumplimiento á sa– grados deberes. Y seguía con la mirada aquel hombre, que era mi hermano, mi compatriota, y al que, quizá una bala nuestra, le cortaría bién pronto la vida. Su fisonomía se entristeció, sus ojos se clavaron a llá en el horizonte, donde se alzaba gallarda, con : us altas cúpulas y sus macisas bóvedas, la hermosa ·i udad de Arequipa; allí estaba quizá la amada, la mujer á quien rendía culto su corazón ...... ¿ Volvería á verla? Yo sentía lástima por aquel hombre; hubie– ra querido ir, hácia él, para decirle;- Ven entréga– te prisionero, seremos amigos, y tú verás la ciudad donde nacist e la ciudad donde sin duda t esperan
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