El conspirador, autobiografía de un hombre público : novela político social

-- 58 t as amorosas, y preguntábanme, cuál era la mujer de ,mis afecciones, aquella á quien yo le consagraba mi afecto y mi corazón; yo muy ingenuamente contes– t aba - ¡Eh! las mujeres quitan mucho tiempo, no quiero ocuparme de ellas. Y era la verdad. No hubo reunión política á la que yo no asistiera, ni periodiquillo de oposición que se fundara, en e1 que yo no me desatara .contra ministros y prefe~tos y demás gente palaciega, á quienes detestaba con– virtiéndoles en el blanco de mis aversiones, tan sólo por considerarlos impedimentos ú obstáculos á la. realización de mis ambiciones. Entónces surgieron en mi mente, alumbradas con los vívidos destellos de las impresiones de la infan– cia, las figuras de los revolucionarios de aquella épo– ca, junto con las historietas que alimentaron mi ni- 11.éz; cuando mis tíos comentaban con tanto asom– bro, la felicidad con que los más osrnros ciudadanos, se improvisaban grandes hombres, sin otro esfuerzo que seguir las corrientes revolucionarias, que << echa– ban abajo» á los Gobiernos, y colocaban en su lugar á los que con arrojo y valor, les dieron el primer im– pulso y las llevaron á su término. Yo soñaba, y puedo decir que deliraba, con gran– des conspiraciones que debían aparecer de un día á otro; imaginábame vivir sobre encendido volcán, cu– ya explosión había de iluminar mis futuras glorias. Muchas veces, t endido indolentemente sobre mi lecho, veía desfilar batallones sublevados que, en completa confusión , y arrebatados de entusiasmo,

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