El conspirador, autobiografía de un hombre público : novela político social

- 33 -- Después de un momento de silencio, mi tía conti– nu6:-El hombre estaba muerto y bien muerto, y aquí si que principiaron los trancos largos del señor prefecto! Pues hijo! no hubo más remedio que lle– var el cadáver á un lugar donde apareciera muerto á · causa de un desafío á pistola, cuidando por supuesto de llenar todas las apariencias. Felizmonte el presi– dente y los ministros, eran muy amigos de mi mari– do, que de otro modo ¿quién sabe todo lo que nos hubiera venido? Así y todo, buenos sustos que pasa– mos al principio; porque en Lima, los periódicos de oposición, armaron la de Dios es Cristo, pidiendo ~ que se investigara y se buscara al autor de aquel ase– sinato; pero sucedió ...... .lo de siempre!. ..... El coro– nel se quedó muerto y nadie volvió á pensar en él! ... -Pero ese fué un crímen hor,rible!. .. -dijo indig– nado mi tío el canónigo. -Así lo creía yo al principio, y he pasado horas bien amargas. Cuando en la noche se me espantaba P.l sueño, la figura del coronel, se me representaba á lo vivo, ni más ni menos que cuando lo ví muerto; y era tanto mi terror, que me arrodillaba y rezaba tres padrenuestros y tres avemarías, por el descanso del al– ma del coronel. -Dios haya perdonado á tu marido por tan fea culpa!-dijo con ton'1 sentencioso mi tío el canó– mgo. -Si, creo que lo haya perdonado; primero, por– que yo nunca he dejado de mandarle decir en todos sus aniversarios, su misa vigiliada, con capa de coro 3

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