El conspirador, autobiografía de un hombre público : novela político social

285 -- que vá á tomar parte en un acto que no le causa ni pena ni alegría. Coloc6 el copón, sobre el improvi· sado altar, y procedió á administrar la Extrema- Un– ción. Todos se prosternaron y las mujeres empeza– ron á rezar á media voz. También yo, dominado por la solemnidad de aquel acto, que es la última etapa de una vida que se acaba, sentí doblarse mis rodillas y anegarse en lágrimas mi rostro. Y alejado, oculto en lo mas oscuro y apartado de la estancia, contemplaba aquella triste escena, y con el alma transida de dolor, y el cuerpo estremecido por mis zollozos, elevé á Dios la mas ardiente y sentida plegaria, que puede brotar de lábios humanos. Cuando el sacerdote, se hubo retirado, ví á Ofe– lia casi agonizante, presa de esa crisis que precede á la muerte. Y yo arrodillado junto al lecho, la mi– raba, aturdido anonadado, sin darme cuenta de aquella destrucción que tan inesperadamente yo presenciaba. Súbitamente Ofelia se incorporó, y llevando ambas manos al pecho, exclamó:--¡ Aire, aire! ...._ ..I!l_e aho- go! ...... ah!...... / e_ Y cayó pesadamente, sobre las almodas del lecho. , Estaba muerta! ....... ............. . Miré el reloj; eran las cinco, y á esta misma hora un agente de policía, debía esperarme en la estación del tren del Callao, para acompañarme á bordo y dar fé de mi partida. Para separarme de aquella estancia, necesité de toda la fuerza de mi volutad, y partí to– mando apresuramente el camino de la estación del tren del Callao.

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