El conspirador, autobiografía de un hombre público : novela político social
- 277 - mentos de una moribunda, para formarme el proce– so de mis faltas y desvíos; pero yo llegué cerca de Ofelia, en momentos en que ninguno de los presen– tes me esperaban. Desde el primer momento de mi llegada á casa de Ofelia, comprendí que algo muy grave acontecía alla Los rostros compungidos y el ir y venir de la servi - <lumbre, manifestaban que presentían una desgracia. Yo entré hasta el ·dormitorio de Ofelia, prevalido de mis antiguos derechos de amante. En tales casos, la audacia se impone fácilmente . Así que ella me vió llegar, incorporóse en el lecho, y fijó en mí sus ojos brillantes, azorados, con toda la lúcida fijeza de una moribunda. Yo no pnde hablar una sola palabra; un nudo angustioso me compri– mía la garganta. De pié, inmóvil con las manos ple– ga<las y el espiritl! anonadado, contemplaba á Ofe– lia. Súbitamente reanimóse su semblante y con un im– perioso ademán de su mano, ordenó que se alejáran á las dos mJ1jeres que estaban presentes; y yo trému– lo de emoció,n, y desfallecido de dolor, acerqueme al }echo, dejando escapar el torrente de lágrimas y sollozos que me ahog-aban. Como si las fuerzas fueran á abandonarme, pude llegar apenas á ocupar uno de los sillones colocados cerca del lecho de Ofelia. No sabría dedr cuánto tiempo permanecí allí con la cabeza oculta entre los cobertores, sin conciencia de mí mismo, presa de uno de esos accesos 'de dolor su- •
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