El conspirador, autobiografía de un hombre público : novela político social
- 269 - ra decirles ;-Eh! no maltrateis á ese hombre. ¡Cui– dad o ! Sois unos bárbaros ! Y después de hacer un ademan amenazador, con– tinué hablando y rieado de la terquedad del borra– cho que no quería dar un paso mas adelante. El oficial y los dos sargentos que me acompaña __ ban, mirábanme azorados, sin darse cuenta de lo que veían, contrastando notablemente, el aire jovial y el tono natural con que yo hablaba, al lado del casi azor ·do semblante de mis guardianes. Llegado á la Intendencia, fuí conducido á aquel cuarto que me era ya conocido, por haber sido ocu– pado en otra época, cuando fugué de allí en compa_ ñía de Ofelia. No quiero detenerme á relatar menudamente) los diálogos y los interrogatorios que sostuve con los que dieron la orden de apresamiento. Yo no quise negar mi participación en las cospiraciones de que fuí acu~ sado; y como conspirador debían juzgarme. Cuando quedé solo, en la habitación que se me había destinado, en la cual, dicho sea de paso, en– contré todo lo que podía necesitar, principié á pa– searme, absorto en mis medit;ciones. Ni la más le– ve sombra de pesar oscurecía mi ánimo; al contra– rio, sentía bienestar, puedo decir que estaba conten– to. Lo que mas me alegraba, en ese momento, era pensar que ya yo no amaba á Ofelia; no solamente me parecía que no la amaba, sino que hubiera ase– gura.do que la detestaba, con toda la energía de mi alma.
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