El conspirador, autobiografía de un hombre público : novela político social
- 2 34 - que, aquella promesa, no podía ser más que, una pa– labra de aliento, enviada á un desesperado. Esperé tranquilo, casi indolente, los dos días que me separaban del sábado; pero así que llegó la hora señalada por Ofelia, apoderase de mi la mas violen– ta é indomable excitación nerviosa. No podía tenerme en un sitio; ni aun permanecer en silencio; iba de un lado para otro,. hablaba aun– que fuera de cosas ajenas á la causa que me traía preocupado. Sonaron las siete en el reloj de la Intendencia. ¡Ah! es necesario haber esperado algo tan querido como la libertad, que en ciertos momentos es la vida misma, para saber como resuena en el alma el tim– bre de un reloj ! Y la libertad se me presentaba acompañada del amor de Ofelia, de los goces que á su lado me pro– metía. Decir que el tiempo parecía haber paralizado su curso, sería decir una de las muchas vulgaridades, que no expresan fielmente las violentas impresiones del ánimo. Cuando ya tan solo faltaban veinte minutos, para que la hora esperada sonara, preguntabáme yo an- gustiadísimo. - ¿Llegará O felia? ......... y al dirigir- me á mi mismo esta interrogación, sentía pasar por mi cerebro el vértigo producido por la duda de aque– llo que anhelamos con todas las fuerzas de nuestra voluntad. No quería ni imaginarme que las ocho campanadas del reloj sonarían, sin haber visto llegar
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