El conspirador, autobiografía de un hombre público : novela político social

- 198 - ·omo por casualídad, en cada una de esas tiendas; concluímos nuestras compras ; y principiamos el arreglo y decoración de la casa. - Estas co as es necesario ·dirigirlas personal– mente, decía Ofelia - so pena de que cuesten mu– cho dinero y re ulten muy mal hechas. Al fin un día, no sin grandes agitaciones, de ir, de venir, ele traer muebles de una parte y devol– ver otros, que después de traídos á la casa, no ha– bían sido del gusto de Ofelia; al fin un día, toma– mos posesión de nuestro nuevo domicilo. Y lo curioso de esta situación es que, sólo cuando ya estuvimos definitivamente instalados~ y Ofelia llenando sus deberes de señora de casa, principió á dar sus órdenes, y yo como dueño de ésta, me dí la satis– facción de entrar y salir, ocurrióme el preguntar– me, no sin honda angustia: si esa instalación al la– do de mi querida, no sería una de esas locuras de enamorado, que tan caro pagamos en nuestra vida los hombres á quienes se nos apellida públicos. sin duda para manifestarnos, que debemos vivir má. para el público que para nosotros mi mos. Tarde era ·a para estas refleccione , y pro uré dar de manoú toda idea que pudiera enturbiar mi fe– licidarl. ¡ :\Ii felicidad! h ! porque nunca hemo: de poder disfrutarla completa, sin alguna contrariedad qu no~ atormente! .......... .. P ro esta \' z mi contrariedades. er~1 n harto cor– tas a] lado rl e mi horas <le pla cr.

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