El conspirador, autobiografía de un hombre público : novela político social

- 167 - doncella, dejé el lecho con la primera campanada de las ocho; y al fijarme en el corte de mi levita, y por primera vez notar que no estaba á la «última», y en el nudo de mi corbata, que me pareció poco chic; no sin cierta ansiedad decíame á mí mismo:-indudablemen– te estoy enamorado de esa mujer; y cuando un hom– bre hace esta observacíón, es porqué la imágen de ella está ya incrustrada en su cerebro, y el amor anidado en su corazón. -Y ¿ si me encontrára con una virtud incorrupti– ble ?-preguntábame yo, no sin cierta ansiedad, mien- tras me vestía de prisa, pensando ir á ...... no sé don- de, creo que tampoco lo sabía en ese momento; pero no sé qué fuerza desconocida impulsábame á salir fuera de la casa. Me imaginaba que había de darme con ella al voltear de una esquina, y que su cariñoso saludo, había de solazarme dulcemente. Recordaba á ese miserable, á ese infame que lle– vado de su interés, la hizo su esposa, para aprove– char de su fortuna y luego explotar su belleza; y sen– tía ternura infinita, anhelo vehemente de ser su amigo, su protector. Quizá su virtud estaba á punto de flaquear; quizá después de haberse separado de su mal marido, había venido á dar al lado de su corrompida madre, que la conduciría y la impulsaría por el camino de la perdición. Y ya me imaginaba ser para Ofelia, el escudo de su virtud, el admirador de su belleza, el amante tier– no y desinteresado, que había de considerarse feliz, con una palabra cariñosa, con una sonrisa de sus la– bios, con una mirada de sus ojos.

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