El conspirador, autobiografía de un hombre público : novela político social
- 164 - ·r6caldtr.antes. Tenga Ud. muy presente éstaque'es ll.ey invariable de la naturaleza, y no dude Ud. que • :1.. n día, veremos á la señora Condesa siguiendo el mismito camino de la señora Olivas, su madre. - ¡ Imposible !-exclamé yo, sin poder dominar mi · ,exaltación- N ó; la mujer que es honrada sufrien.do lo s desmanes de un marido infame y corruptor, es porque lleva en su alma, algo tan sublime, tan inextinguible, que solo puede ser esa chispa divina que se llama virtud. Nó, esa mujer, esa alma que se revela en su semblante, no llegará á prostituirse jamás; ¿ no le parece á Ud. una gota de rocío límpida y purísima, como esas que salen de entre las aguas cenagosas de un fangal? ¡ ah ! se lo ruego Ernesto no i nsulte Ud. á esa noble seüora !..... . Yo habíame exaltado hasta sentir que la sangre se me agolpaba al cerebro, coloreándome el rostro y Ernesto mirándome, asombrado y con ese acento satírico que le era familiar, díjome: -¡Hombre! ha hablado Ud. como si se tratara de u. na novela romántica; pero nó como si se tratara de saber, si esa ley de la trasmisión hereditaria, es ó nó cierta. - Puede que sea muy cierta; pero todas las reglas admiten una excepción que Ud. no podrá negar. - 6, ciertamente; y si es que nos hallamos en p resencia de una excepcional, seré el primero en salu– da rla quitándome el sombrero. Quise en este momento cortar 1a conversación, y me despedí de Ernesto, puesto que sabía lo suficien– t e para estar satisfecho ele haber conocido á Ofelia.
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