El conspirador, autobiografía de un hombre público : novela político social
- n4 - lánguido, y su voz suave revelaban una alma senti– mental y tierna. El pálido color mate, más aún 1 enfermizo la hacían aparecer cual una de esas flores encerradas en su invernadero, que no han recibido jamás los rayos del sol, que las vivifica y colora. Com– prendí desde luego, que allí había una vida tan sedentaria del cuerpo como del espíritu, y tan ex~nta de pasiones como de placeres. La señora, vivía de un pequeño montepío que a} morir le dejara su esposo, quedando ella inscrita en la lista de. las viudas de empleados civiles. Su her– mano y mi amigo, les daban « casa y mesa i¡ y era así cómo las dos mujeres, pudieron subvenir á sus gastos personales, con el reducido montepío que, malamente pagado, no les ofrecía seguridad ninguna. Las salidas fuera de casa, tanto je la madre como de la hija, limitábanse á la misa de ocho de la iglesia vecina. Inútil sería decir que, las visitas no se conocían en la casa; á no ser que por tales se contaran las de algunas beatitas de « correa á la cintura» y rosario á la mano, que muchas veces sin tomar asiento, lle– gaban y volvían á salir para « darle la voz á Lucía., por ser hora de la distribución. Y aunque debiera contar como visita, la de un se– ñor canónigo, que de vez en cuando iba á pasar largas horas al lado de éstas, sus hijas de espíritu, no lo hago at eni éndome al dicho de la buena señora, que muy conven cida decía:-El señor Plácido que es un sacerdote ejemplar; no viene por visitarnos
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