El conspirador, autobiografía de un hombre público : novela político social
- 108 - penas nuestro armamento, y dejando las embarca– ciones, á merced del que quisiera apropiárselas. El tal humo, resultó ser, nó de buques enemigos, sino de un vaporcito destinado al comercio de chan– chos, y que pertenecía á un comerciante de la plaza. ' En tierra, no fueron menores nuestras alarmas; na- da ménos que en viaje al pueblo, tomamos á una ca– rabana de cómicos de la legua, por un destacamen– tp de caballería, que vendría á cortarnos el camino. Confieso que esta vez, me ocurrió acordarme de los célebres molinos de Don Quijote. El sub-prefecto del pueblo, que debíamos asaltar, dióse prisa en enviarme un emisario, asegurándome que, en su deseo de evitar un derramamiento de sangre, estaba llano á entregarme la guarnición, con tal que yo llenara las apariencias de asaltarlo y amarrarlo muy ferozmente, para enviarlo luego al puerto, de donde él se fugaría para ir en cumplimiento de su DEBER, á presentarse al Gobierno. Yo respeté mi compromiso, y maniaté á mi sub– prefecto; y él cumplió con ir á presentarse al Go– bierno, como víctima escapada de las manos de sus enem1gos. Los notables del pueblo de ...... nos acogieron con entusiasmo, y fuí victoreado, y llovieron á mi paso las flores, los convites, los discursos; y todo se con– virtió en golgorio y regocijo para los pobladores; y las guarniciones, muchas de ellas, compnestas de seis hombres, se pro1111,nciaron, y todo parecía salir á « pide boca que yo te contentaré.» Más, apénas principiaba á organizar mi gobierno,
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx