El conspirador, autobiografía de un hombre público : novela político social
- 107 - neles, que muGho que yo me diera el título de Gran Mariscal. Verdad que esta distinción solo puede concederla el Congreso; pero un conspirador que viste los arreos de General ó Mariscal, fácilmenre alcanza dos cosas; imponerse primero al pueblo que lo aclama, y más tarde al Congreso que lo nombra. Mis amigos y compañeros no me fueron en zaga en lo de vestir relumbrones; todos llevaban galones y charreteras de coroneles y generales. En cuanto á la gente de tropa que me acompañaba, toda era buena, entusiasta y resuelta; y si bién escasa en número, contábamos con la adhesión del pueblo, y el prestigio de mi nombre, que debía conquistarnos partidarios. Apénas pisamos tierra, nos entregamos al placer de celebrar tan fausto acontecimiento, con bríndis y .comidas y felicitaciones, descuidando los asuntos principales, á pesar de estar todos sobreco– gidos de miedos cervales. Como, cual más cual ménos, éramos novicios en el arte de guerrear, nos asustábamos temerariamente, de cuánto nos oliera á enemigos, ó presentara visos de peligro para nuestra atrevida expedición. Sucedió, que el día del desembarque de nuestros elementos bélicos, uno de los nuestros, creyó ver un humo en el horizonte (estos humos los veíamos cada y cuando el horizonte se nos presentaba de color ceniciento) y tal fué r:iuestro susto que. .... . ¡ no hubo remedio! carabinas, rifles, municiones, vestua– rios y galones, tod<? fué en confusa aglomeración á dar á la plaza; y nosotros huimos llevando á duras
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